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El felón de Pablo González (I de II partes)…por Luis Villegas

        “Aquel que no conoce la historia, está condenado a repetirla”.

Napoleón.

“¿Cuántos miles de kilómetros, cuántas mentiras, cuántas traiciones, han sido necesarios para llegar aquí?”; se pregunta en silencio mientras se dirige al Palacio de Gobierno. Alto, desgarbado, de tez blanca, de ojos engañosamente dulces y afables, Pablo se apresta a la última perfidia; ésa que servirá para empañar, por siempre, su memoria; y pesará como una lápida en su disminuida biografía.

Nuevo Julio César, su víctima, un hombre bueno, de ojos tristes y mirada líquida, tiene los días contados; caerá abatido por obra y desgracia  de la mano aleve de quien se dijo su amigo.

Pablo caracolea su caballo en la planicie templada del Estado de Morelos. Con brusquedad, le da la espalda a la larga columna de militares que desaparece entre los cerros en medio de una polvareda; el animal se encabrita, pareciera que presiente y comparte la desazón del jinete; todo está por ocurrir y él lo sabe. Se dirige al edificio sumido en sus pensamientos con el corazón en un puño; se siente como aquella vez que, esperanzado, llegó a la ciudad de México a punto de ingresar al Colegio Militar, sólo para descubrir con desaliento que su beca había sido revocada.

Sin aceptar su derrota, recuerda, regresó al norte, a su tierra; primero a Nuevo León, a hacerse cargo de un molino; luego a Chihuahua, para deslomarse en una fundición mientras aprende inglés; más tarde, a El Paso, luego a Santa Fe; en California, trabaja en los campos petrolíferos de la Pearson Oil Company. En algún momento posterior bromeará recordando el tráfago de esos días en los que “sólo le faltó hacerla de albañil”; pasan los meses, por carta, su madre le recrimina la prolongada ausencia. En la Pearson Oil Company oficia de todo: Cargando gasolina, aprendiendo los rudimentos de la contabilidad, viajando. Es en los Estados Unidos donde conoce a Ricardo Flores Magón. En ese preciso momento otea la cima que lo aguarda, indiferente en su ánimo al posible despeñadero.

De regreso en México, se afilió al Partido Maderista y el 22 de enero de 1911 se levantó en armas con 60 voluntarios oriundos de San Buenaventura y Sacramento. Combatió a los porfiristas hasta mayo del mismo año; capturó Cuatro Ciénegas y Monclova y el 7 de junio licenció a sus tropas por órdenes de don Francisco I. Madero. Al año siguiente, ya con el grado de Teniente Coronel, se opuso a Pascual Orozco, líder militar de la reacción; y enfrentó a José Inés Salazar y Marcelo Caraveo. De regreso en Chihuahua, derrotó a Joaquín Porras en Julimes el 10 de febrero de 1913.

Destruida la División del Norte, rotas sus filas, los méritos en campaña de Pablo le valen que Carranza, el “Viejo Barbas de Chivo”, le encomiende la misión de recuperar la Ciudad de México; atacada por los villistas después de la catástrofe en Celaya; tomada la capital el 2 de agosto de 1915, no transcurre una luna cuando, otra vez, lo comisiona Carranza para pacificar el Estado de Morelos y someter al ave rapaz que era Emiliano Zapata por esos días, perdido en las serranías, tan difícil de encontrar como una aguja en un pajar.

Continuará…

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Luis Villegas Montes.
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