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¿Quién le hacía la cena a Adam Smith (II de II partes)…por Luis Villegas

¿QUIÉN LE HACÍA LA CENA A ADAM SMITH? 2ª. DE 2 PARTES.

“La razón ha descubierto la lucha por la vida y la necesidad de aplastar a cuantos me estorban la satisfacción de mis necesidades. ‘Tal es la deducción de la razón. La razón no ha descubierto que se amase al prójimo, porque eso no es razonable’”.
León Tolstoi.

A lo largo de los años, esa tesis, la de que los fundamentos de la teoría económica son basura, se ha confirmado de muchos modos (la cita de Tolstoi lo demuestra); por ejemplo, los modelos que se enseñan en las facultades de economía muestran que la probabilidad de que los mercados financieros se perturben fatalmente cuando se les deja actuar libremente es casi nula; al respecto, el premio Nobel Joseph Stiglitz apuntó que según los modelos estándar, el tipo de crac de los mercados de acciones que se produjo el 19 de octubre de 1987 podría ocurrir sólo una vez cada 20 mil millones de años, un lapso mayor que la existencia del universo;1 pero, otro acontecimiento “de una vez en la vida” se produjo tan sólo diez años después, como parte de la crisis financiera de 1997-1998;2 y menos de diez años más tarde, otro más, de consecuencias todavía peores. Es decir, en un periodo de 20 años, se produjeron tres acontecimientos “de una vez en la vida”.

Así es como llegamos a “¿Quién le hacía la cena a Adam Smith?” ¿Cuál es su singularidad? Para decirlo de manera resumida, que hace un repaso de la teoría economía desde el feminismo.

Quienes me han leído en el pasado, sabrán que feminista, feminista, lo que se dice feminista, no soy; pero también saben que lo he escrito varias veces con todas sus letras: Me encantan las mujeres. En lo absoluto creo que sean iguales a los hombres (visión machista) y creo firmemente que son muy superiores (visión ultamachista), me vale. Pues el libro examina tres cuestiones: Cómo el mito del “hombre económico” es precisamente eso, un mito, y por ende, falso; lo absurdo de que la teoría económica lo adopte como sustento fundamental de sus tesis; y las consecuencias terribles de ese hecho, que sirven para explicar la recurrencia de los desastres financieros y lo absurdo de seguir aplicando ese modelo.

Katrine Marçal, la autora, empieza enfatizando la contribución decisiva de la mujer a la economía; y a partir de ese punto, cuestiona el engendro de Adam Smith, el “hombre económico”, paradigma generador de una feroz inequidad, constante hasta nuestros días. El libro arranca con un planteamiento: “Cuando Adam Smith se sentaba a cenar, pensaba que si tenía la comida en la mesa no era porque les cayera bien al carnicero y al panadero, porque estos perseguían sus propios intereses por medio del comercio. Era, por tanto, el interés propio el que le servía la cena. Sin embargo, ¿era así realmente? ¿Quién le preparaba, a la hora de la verdad, ese filete a Adam Smith?”. A renglón seguido, Marçal nos explica que Smith jamás se casó y que siempre vivió con su madre, Margaret Douglas, quien se ocupaba de la casa e incluso le siguió cuando él se trasladó a otra residencia por razones laborales. La madre de Smith, viuda desde muy joven,  dedicó toda su vida a cuidar de su vástago; es decir, al momento de elaborar su teoría, Smith olvidó “un pequeño detalle”: Que si todos los días tenía la cena preparada, ello ocurría merced al trabajo y amorosos cuidados de su progenitora.

Para Marçal, entonces, es evidente que existe, por llamarla de algún modo, una “segunda economía” sobre la base del trabajo invisible de la mujer, pues sólo el trabajo de los hombres es el que cuenta; es éste y no aquél, el que se estima “productivo” y en consecuencia con valor social y económico. El trabajo de la mujer, por el contrario, es apenas una “extensión propia” de la naturaleza femenina, dulce, afable, pródiga. En cambio, el “hombre económico”, varón por supuesto, con independencia de las virtudes que pueda tener (suponiendo que las tenga), termina por ser un mal bicho, depredador, que se guía en exclusiva por intereses ruines; un ser “racional”, profundamente egoísta, que huye como de la peste de sentimientos que se traducen en compasión, caridad, altruismo, generosidad o solidaridad; valores, por cierto, de los que en el terreno de los hechos, reniega la famosa “Economía de Mercado”, con las consecuencias funestas que todos conocemos.

En suma, el libro revela lo que debiera ser evidente: El hombre es quien es y puede ser como es, gracias, en mucho, al rol que desempeñan en su vida la madre, la esposa o la hermana; alentadas, en lo absoluto, por motivos egoístas y sí, en mucho, por el amor, el afecto, la consideración o el cariño. En contraste, el modelo de Smith, pujante, vigoroso, pletórico en la actualidad, sobre todo a últimas fechas, no ha hecho más que fomentar la inequidad y  ahondar las desigualdades. El colofón a esta tesis es obvio: Urge un cambio de paradigma, que posibilite oxigenar el sistema y supere los antagonismos, replanteándolos, entre  lo masculino y lo femenino; lo público y lo privado; lo “productivo” y lo reproductivo; lo que entraña, también, destruir ese modelo del “hombre económico” como referente de la actividad financiera.

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