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¿Quién decide lo que sabemos?… por Aída María Holguín

Editorial sobre actualidad

Desde hace tiempo, vivimos conectados como nunca, pero también expuestos como nunca porque la revolución digital ha transformado la manera en que nos comunicamos, aprendemos y participamos en la vida pública.

Ha permitido que voces históricamente marginadas encuentren espacios para hacerse escuchar y que la información circule. Pero esa capacidad puede convertirse en amenaza cuando la mentira, la desinformación y el discurso de odio alcanzan una velocidad y escala sin precedentes.

No es un fenómeno nuevo, pero vuelve a cobrar urgencia. Por eso la ONU, mediante los Principios universales para la integridad de la información (PUII), advierte sobre los riesgos que enfrentan particularmente niños, niñas y jóvenes ante el deterioro del ecosistema informativo y el avance de la inteligencia artificial (IA). Señalamiento oportuno, pues la tecnología avanza más rápido que los marcos regulatorios creados para proteger a las personas.

El auge de la IA complica este escenario al producir contenidos sintéticos, manipular información y dirigir mensajes de forma cada vez más sofisticada, planteando riesgos sobre lo que sabemos y cómo decidimos. Y aunque nadie está a salvo, niños, niñas y jóvenes son más vulnerables.

En ese contexto, la ONU advierte que los daños que ocurren en los espacios digitales no pueden reducirse a decisiones individuales ni a una supuesta falta de supervisión familiar. Detrás existen modelos de negocio que monetizan la atención y los datos personales, así como diseños concebidos para mantener a las personas conectadas.

De ahí que los PUII representen más que una declaración de buenas intenciones. Plantean una responsabilidad compartida entre gobiernos, empresas tecnológicas, medios de comunicación, anunciantes, investigadores y sociedad civil. Por eso, su propuesta se sostiene en cinco pilares: credibilidad social y resiliencia; medios independientes, libres y plurales; transparencia e investigación; empoderamiento público, y buenos incentivos.

El desafío, sin embargo, no consiste solo en combatir las noticias falsas. Se trata de defender el derecho de las personas a informarse, contrastar fuentes, proteger sus datos y formar opiniones sin manipulación. La integridad de la información es, en ese sentido, una condición para ejercer otros derechos y construir sociedades más democráticas, igualitarias y sostenibles.

El caso es que la pregunta ya no es si podemos detener la transformación tecnológica —la respuesta es obvia: no—, sino quién decide lo que sabemos y en función de qué intereses. Si dejamos esa decisión en quienes controlan la tecnología, corremos el riesgo de que la lógica de la atención se imponga sobre la libertad, la seguridad y el interés público.

No basta, pues, con proteger la libertad de expresión; también hay que garantizar las condiciones para ejercerla con información confiable, porque, como plantea Hannah Arendt, la libertad de opinión pierde sentido cuando no existe acceso a información objetiva.

Aída María Holguín Baeza
laecita.wordpress.com
laecita@gmail.com