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El espejo que Europa no quiere mirar

Opinión · Oscar Contreras. Alemania, durante años el motor industrial de Europa, atraviesa una contracción que ya no se puede disfrazar de bache. Fábricas con menos turnos, marcas emblemáticas anunciando recortes hacia 2030 y un debate público que, con demasiada frecuencia, señala a China o al Mercosur antes de revisar lo ocurrido en casa. La…

Opinión · Oscar Contreras.

Alemania, durante años el motor industrial de Europa, atraviesa una contracción que ya no se puede disfrazar de bache. Fábricas con menos turnos, marcas emblemáticas anunciando recortes hacia 2030 y un debate público que, con demasiada frecuencia, señala a China o al Mercosur antes de revisar lo ocurrido en casa. La pregunta útil no es quién compite afuera. Es qué se decidió adentro.

El modelo alemán se apoyó en una combinación clara: ingeniería de alto valor, energía relativamente barata y exportación masiva. Esa base se quebró en dos frentes. Primero, la guerra en Ucrania cortó el gas ruso barato y encareció la factura energética de la industria. Segundo, Berlín aceleró el cierre de la energía nuclear en 2023, justo cuando necesitaba electricidad estable y competitiva. Un auto eléctrico se fabrica, en buena medida, con kilovatios. Si el kilovatio europeo es caro, el producto europeo pierde margen frente a rivales asiáticos, aunque la ingeniería siga siendo excelente.

En paralelo, el sector automotor —columna del empleo industrial— enfrenta sobrecapacidad en Europa y una transición eléctrica más lenta y costosa de lo prometido. Grupos como Volkswagen han aprobado planes de ajuste hacia 2030: decenas de miles de puestos en riesgo a escala de grupo y plantas alemanas sin garantía clara de modelos para la próxima década. No es exactamente el relato de una quiebra clásica. Es el relato de una industria que aún factura y, aun así, recorta para defender márgenes y cotización. El mercado suele aplaudir ese movimiento. El territorio que vive del taller, no.

China sí compite, y fuerte, sobre todo en vehículos eléctricos. Negarlo sería negar los datos. Pero convertir esa competencia —o un tratado con el Mercosur— en la causa única del malestar alemán es un atajo político. Sirve para no discutir el precio de la energía, la sobrecapacidad europea y la lógica financiera que trata la fábrica como un activo a optimizar antes que como un bien social.

Lo que sigue es bastante previsible. Hacia 2027, cuando las grandes marcas deban definir con más dureza qué plantas europeas conservan carga de trabajo, sabremos si el ajuste fue reordenamiento o desmantelamiento por goteo. Hacia 2030, si los recortes laborales se concretan sin una política industrial que baje costos energéticos y asegure modelos, el golpe será laboral y político: más castigo en las urnas, sobre todo donde el este alemán ya acumula décadas de resentimiento económico. Y Europa seguirá tentada a usar el Mercosur —y a Latinoamérica— como chivo cuando duela el bolsillo.

Alemania aún puede corregir el rumbo con energía competitiva, claridad industrial y menos relatos de conveniencia. Mientras culpe al mapa y no al recibo, el apagón seguirá siendo casero.

Oscar Contreras
El sentido empieza en casa.