La estridencia no es ignorancia; es cálculo.
Cuando una gobernadora y su perrita Bonilla recurren a la grosería sistemática, a la descalificación tabernaria y al ataque procaz contra sus adversarios, no está perdiendo el control, está siguiendo un guion.
Las constantes rabietas verbales de Maru Campos contra los cuadros de Morena no buscan el debate político, sino el fango.
El objetivo real de esta provocación patológica es evidente empujar al bloque oficialista a morder el anzuelo del desafuero.
La jugada está más fría que el clima de la Sierra Tarahumara.
La mandataria de Chihuahua sabe perfectamente qué cuerda jalar para que la Cámara de Diputados y el Senado pierdan la paciencia y busquen quitarle el fuero.
¿El propósito?
Replicar exactamente la misma farsa que protagonizó Francisco Javier García Cabeza de Vaca gritar persecución de Estado, correr al amparo de su mayoría en el Congreso local para que la arropen, la protejan y la salven del banquillo de los acusados.
Es una estrategia cínica pero redituable para el egotismo político.
Si la embisten desde el centro, ella se victimiza;
si la desaforan los legisladores federales, su congreso la blinda; y si la acusan, grita censura.
Al final, el objetivo no es gobernar con altura de miras, sino autoflagilarse frente a las cámaras para transmutar carpetas de investigación en blasones de resistencia.
Convertida artificialmente en “perseguida política”, Campos aspira a colgarse la medalla de mártir del régimen.
Busca limpiar prontuarios mediante el grito de guerra y galvanizar a una oposición (PRIAN ) huérfana de liderazgos a costa de la dignidad institucional del estado.
Si el centro cae en la trampa y le concede el circo del desafuero, no la estarán castigando, le estarán firmando el pasaporte dorado.
La convertirán en la gran heroína de la derecha, lista, limpia y pavimentada para subirse a la pista del 2030.
Un chantaje político en toda regla groserías hoy para asegurar impunidad y campaña mañana.



