La máscara de la rabia: cuando la ordinariez suplanta al talento
Por Vicente Aceves Franco
Hay políticos que confunden el carácter con la patanería y la firmeza con el arrebato de cantina.
Las recientes declaraciones del alcalde Marco Bonilla “rayandole la madre” constantemente a morena y al gobierno federal, no son un síntoma de valentía política, son el triste retrato de una ambición desesperada que, ante la sequía de ideas y la incapacidad de presumir resultados tangibles, recurre al insulto de “rayar la madre” a todos los de morena, un insulto de baja estofa y a la gesticulación violenta para llamar la atención de su dirigencia y de los reflectores electorales.
Es un insulto a la inteligencia de los chihuahuenses escuchar a un alcalde que se siente con derecho de usar groserías tabernarias y de cantina, desde un templete, parapetado en su cargo público.
Pero lo verdaderamente nauseabundo no es la pobreza de su léxico, sino el cinismo de su discurso, utilizar el dolor de los enfermos de cáncer y la tragedia lacerante de las madres buscadoras como un simple misil verbal para golpear al adversario.
Las familias que hurgan la tierra con sus propias manos buscando a sus desaparecidos y los pacientes que libran una batalla diaria por sobrevivir no son los peones del ajedrez electoral de Bonilla.
Revictimizar a quienes sufren, manchar sus causas con el fango de la grilla partidista y convertir su calvario en un eslogan de campaña es un acto de absoluta mezquindad moral.
Quien es capaz de lucrar con la desgracia ajena en un mitin para ganar aplausos baratos demuestra que carece de la mínima fibra ética indispensable para aspirar a gobernar un estado.
Chihuahua merece mucho más que administradores mediocres convertidos en porro de tiempo completo.
El estado no se va a arrodillar, dice el alcalde;
lo que verdaderamente aterra es que Chihuahua termine gobernado por alguien que cree que el liderazgo se ejerce a gritos, con majaderías y con la furia desatada del estómago.
Menos desplantes de guapo de barrio y más rendición de cuentas. Antes de rasgarse las vestiduras y escupir ofensas buscando el favor de la gubernatura, Bonilla debería explicar por qué la capital sigue arrastrando pendientes urgentes y por qué su única carta de presentación política es el grito, el berrinche y la vulgaridad.
A Chihuahua no lo salvan los bravucones de micrófono, lo dignifican quienes tienen la decencia, la inteligencia y la altura que a Bonilla, claramente, le quedan muy grandes.



