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El petróleo tiene un problema: sus clientes ya no quieren serlo.

Opinion. Oscar Contreras. El mayor enemigo del petróleo es el miedo a quedarse sin él. El combustible hay que volver a comprarlo para seguir produciendo. Un panel solar o un aerogenerador exige inversión, mantenimiento, redes y respaldo, pero funciona durante años sin compras constantes de combustible. DNV pone números a esa separación en 2026, en…

Opinion. Oscar Contreras.

El mayor enemigo del petróleo es el miedo a quedarse sin él. El combustible hay que volver a comprarlo para seguir produciendo. Un panel solar o un aerogenerador exige inversión, mantenimiento, redes y respaldo, pero funciona durante años sin compras constantes de combustible.

DNV pone números a esa separación en 2026, en su Energy Transition Outlook: en los últimos cinco años, la participación de fuentes no fósiles en la energía primaria aumentó 2.2 puntos porcentuales en las regiones importadoras, frente a 0.7 en las exportadoras. Con esa medida, China, India y Europa avanzaron, en conjunto, más de tres veces más rápido que Medio Oriente, Norteamérica y Rusia.

Cada crisis de suministro recuerda a los países importadores cuánto cuesta depender de decisiones ajenas. Mientras un exportador calcula cuánto más puede vender, su cliente empieza a calcular cómo necesitarlo menos. Puede haber dependencia de equipos importados; la vulnerabilidad cambia de forma, pero para un gobierno, esa diferencia puede valer tanto como el precio un solo kilowatt-hora.

Ahí está la paradoja para los exportadores: una crisis puede elevar sus ingresos mientras acelera la búsqueda de alternativas. DNV calcula que, si el conflicto en Medio Oriente continuara hasta 2030, la demanda mundial de petróleo y gas quedaría entre 2% y 5% por debajo de su previsión base durante el resto del periodo proyectado. Es un escenario condicionado: una bonanza inmediata puede esconder una pérdida mayor a largo plazo.

Para México, la oportunidad está en convertir la soberanía en infraestructura: generación diversificada, redes suficientes, almacenamiento y reglas que permitan financiar proyectos de largo plazo. Hay una prueba sencilla para cualquier política energética: ¿reduce la exposición de nuestras fábricas a una crisis internacional y mejora su capacidad de competir? Si esa respuesta no llega al recibo, a la confiabilidad y al empleo, entonces no es suficiente.

Hacia 2035, los países que combinen electricidad competitiva con menor exposición al combustible importado tendrán una ventaja decisiva para atraer nueva industria. Los exportadores que reinviertan su renta energética podrán disputar ese futuro; quienes confundan los ingresos de hoy con una garantía de poder descubrirán que también se puede perder influencia vendiendo mucho. El barril más caro les será el que el cliente ya no necesite comprar.

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Oscar Contreras

El Sentido empieza en casa.