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La trinchera de la toga y el presupuesto… por Vicente Aceves

Editorial sobre la realidad mexicana

La trinchera de la toga y el presupuesto: La burocracia dorada ante el espejo de la democracia

Durante años, la narrativa oficial construyó un halo de intangibilidad alrededor de los llamados órganos autónomos y del Poder Judicial.
Se nos vendió la noción de que sus estructuras representaban la cúspide del profesionalismo republicano, cuando en la práctica se convirtieron en el refugio de una burocracia dorada blindada por sueldos estratosféricos, fideicomisos opacos e inexpugnables cotos de poder.

Bajo la bandera de la “independencia institucional” y la “técnica constitucional”, se gestó un modelo donde el influyentismo y la protección de los grandes intereses corporativos encontraron amparo legal.
El sistema judicial y los entes reguladores operaron con frecuencia no como contrapesos del poder público en favor de la ciudadanía, sino como escudos de protección para una élite económica y política acostumbrada a litigar y frenar cualquier intento de redistribución social o soberanía nacional.

Hoy que la política de austeridad republicana toca las puertas de estos recintos, que se exige la rendición de cuentas sobre los fondos acumulados y que se promueve la democratización en la elección de los encargados de impartir justicia, la reacción ha sido visceral.

El discurso del “colapso democrático” y la suspensión de labores judiciales no son un reclamo por la defensa de los derechos fundamentales del pueblo.
Son la manifestación de un sector que interpreta la pérdida de privilegios como una afrenta personal y que utiliza los instrumentos del propio Estado para atrincherarse frente al mandato popular.

La convergencia de la resistencia: El gran mapa del despojo
Al observar el panorama completo —desde los contratos leoninos en el sector salud y la privatización simulada en la energía, hasta la intermediación opaca en el agua, el campo, las aulas y las altas esferas de la toga—, la coincidencia temporal de las protestas pierde cualquier barniz de espontaneidad.

No estamos presenciando movimientos aislados por demandas legítimas, sino la acción convergente de un viejo régimen del PRIAN que ve amenazadas las fuentes institucionales de su enriquecimiento.

La retórica del caos, la desinformación y el intento de sembrar la percepción de un país convulso son las últimas herramientas defensivas de un modelo que hizo del Estado un negocio privado y de las instituciones, sus trincheras.

Entender el origen de estas movilizaciones es clave para no caer en la manipulación: cuando los grupos de poder económico y político pierden la capacidad de incidir mediante el moche o el amparo a modo, la calle se convierte en su último recurso para intentar recuperar lo que el voto popular les retiró.

La transformación de un país no solo implica construir lo nuevo, sino tener la lucidez para desmantelar la estructura defensiva de quienes añoran el regreso al saqueo.